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lunes, 28 de abril de 2014

Desesperanza



La vida es un ciclo.
No importa cuánto tiempo pase antes de que nos demos cuenta, la vida siempre dará vueltas sobre sí misma, una tuerca torcida sobre un tornillo, apretando hasta reventar.

No recuerdo los detalles de la discusión – son pinceladas que flotan en la niebla –, pero sí los portazos. Cada uno marca el final de algo. Con el primero doy a entender que me han molestado sus palabras y huyo de su presencia. Con el segundo casi reviento el maletero del coche, no quiero verle nunca más.

Llego a casa y lanzo las mochilas sobre la cama, pero no es suficiente. La furia interna se mezcla con el odio, y la desesperanza llama a la puerta. Estaba seguro de que nunca volvería a pensar en ello, pero vuelvo a lamentar no estar muerto. Si hubiera muerto en alguna de esas noches lluviosas no habría experimentado este nuevo dolor… aunque tampoco habría sentido vuestras sonrisas en mi rostro… no importa. Se me ocurre una idea y antes de cambiar de opinión la pongo en práctica:

-Lo siento, necesito tomar el aire.- digo con voz ronca y entrecortada. No la finjo, mi voz es así, con un tono algo infantil.

Cierro la puerta sin dar un portazo y me encamino a las escaleras. Las subo, al principio corriendo, hasta tropezar en uno de los descansillos y estamparme contra la pared. No distingo el número en la oscuridad, pero no enciendo la luz, y subo el resto de los escalones hasta que ya no hay más.

Es el piso trece. La puerta que da al tejado está cerrada y me conformo con la ventana del descansillo. Al abrirla, el viento me chilla en la cara la estupidez de lo que estoy haciendo, pero no le escucho. Me aúpo y sentado en el alféizar contemplo las calles iluminadas, las estrellas que no ocultan las nubes y el suelo.

Nada parece real. Veo pasar un coche por la calle y estiro el brazo como si fuera a cogerlo, está a pocos centímetros de mis dedos, un poco más y podría tocarlo, acariciar el cristal… pasa de largo. Lo sigo con la mirada hasta donde habíamos aparcado, y con alegría me doy cuenta de que ya no está. Se ha ido.

Estoy en el borde del alféizar, y siento miedo. Las manos me tiemblan incontroladas y sé que tanto si quiero como si no, el próximo movimiento brusco será el último. A escasos metros de mí se enciende la luz de una terraza y sale una mujer. Se dirige al fondo de la terraza, solo con girar la cabeza podría verme y gritar auxilio, pero no lo hace. Murmura algo entre dientes, pero no lo alcanzo a entender, y tampoco me apetece preguntárselo. Agarra una fregona y un cubo y vuelve al interior, sin llegar a verme. O quizás me vio y no quiso entrometerse. No lo recuerdo. No me importa.

Vuelvo a contemplar las estrellas. Hay una de ellas que me importa mucho, aunque no esté ahí arriba con los demás, ni pueda verla en este momento. Sí, hay una de ellas que, lejos de mí, puede estar contemplando las nubes que la rodean, sintiéndose sola del mismo modo que yo ahora, aunque también podría estar con una sonrisa pintada y hueca, como otra de las muñecas que caminan sin cuerdas.

Dejo de pensar en ella, pero pronto me encuentro pensando en ella de nuevo. Vuelvo a pensar en todas las promesas que me hice y que no cumplí. Pienso en todas las personas a las que amé y en quienes confié y en quienes una y otra vez, a cada vuelta del ciclo me abandonaron.

Y entonces me encuentro bajando del alféizar al descansillo, sentándome en las escaleras y llorando. La cercanía de la muerte no me inspira tristeza aunque sí cierto temor al olvido. Lloro por la emoción y la tensión del momento, el cuerpo necesitaba una vía de escape y al final ha sido esta.
Continúo llorando en silencio, y me doy cuenta de que he tomado una decisión. La tomé en el momento en que levanté las piernas y volví a la seguridad del edificio, pero es ahora, al derramar las lágrimas, cuando lo comprendo.

Hay una estrellita lejana que confía en mí y no puedo abandonarla por ahora. Seguiré a su lado tanto como ella pueda, en la lejanía, en los sueños, pero llegado el momento de separarnos ni la culparé a ella ni me culparé a mí. Y seguiremos caminando hasta que el cronómetro llegue a cero.

Mientras sienta su sonrisa en mis labios, junto con aquellas de quienes me rodean, seré feliz.








Cualquier parecido con la realidad es mera casualidad, aunque la inspiración no ha surgido de la nada. Nunca lo hace.

martes, 15 de abril de 2014

Recuerdo de un sueño: Mi infierno particular. (15.04.14)



En un principio estoy en la oscuridad. Puedo oír una respiración acompasada, pero no me asusto porque sé que es la mía. Y aunque no lo fuera, y hubiera otro ahí conmigo, no siento miedo. Si tan solo no cerrase los ojos…

Pero los cierro, y al abrirlos estoy en otro lugar.

No estoy en ningún sitio que haya visitado antes, pero me resulta familiar. El suelo está hecho de rosas rojas y resulta blando y húmedo al tacto. Estoy descalzo a medida que ando sin dirección fija me humedezco los pies. Inicialmente limpios, ahora están manchados de sangre. Cuando miro atrás veo un rastro blanco: las rosas solo son rojas porque están pintadas de sangre.

Sigo caminando y me pincho con los tallos de las rosas, y mi sangre las tiñe de rojo y se entremezcla con las otras, pero no me importa. Este dolor no es importante, son pequeños mordisquitos que me indican que sigo vivo.

Estoy rodeado por una niebla espesa y oscura, y no se ve el cielo. Además de las rosas del suelo hay árboles dispersos. Sus troncos son oscuros y duros, y no tienen hojas. Extienden los desnudos brazos hacia arriba y suplican por libertad.

No estoy solo, todos mis amigos están aquí abajo conmigo. Todos hablan un único idioma a pesar de sus distintas nacionalidades, pero no me extraña. Ya hace tiempo que nada lo hace.

Cuando estoy con ellos siempre sonrío y bromeo con ellos. Hacemos planes para el fin de semana como si aún estuviésemos en la universidad o en el colegio, o en el campamento de verano; nos presentamos unos a otros y charlamos de música y de películas. Sin decirlo, todos nos hemos puesto de acuerdo para fingir que todo es normal. Es fantástico, pero al mismo tiempo me apena.

De vez en cuando, cuando no lo soporto más, camino. Me alejo de ellos dejando una conversación a medias y me sumerjo en la niebla. En ocasiones pienso en el verano, con sus cielos violeta enfermizos y sin nubes, y los árboles con las hojas de fuego ansiando la lluvia; pero normalmente pienso en mis amigos con tristeza.

Cuando me he alejado lo suficiente libero mis sentimientos y dejo que mis lágrimas corran por las mejillas. El color de mis lágrimas no importa, porque al caer al suelo se volverán rojas. Me siento en el suelo y reposo la cabeza sobre las rodillas y durante horas lo único que hago es lamentarme.

En este mundo soy y dejo de ser yo. En este mundo vuelvo a ser un niño débil que ve el mundo a través de mis ojos. En este mundo siempre estoy desnudo por mucha ropa que lleve puesta y las crueldades siempre hacen brotar mi sangre. No importa lo mucho que corra, lo mucho que huya, porque no hay salida. Es mi infierno particular.

Hay veces que mientras converso con los amigos veo a algún otro acercarse por detrás, resurgiendo de la niebla, con las mejillas rojizas y manchadas de sangre. Sus ojos vacíos se fijan en mí por un segundo antes de perderse en el vacío, y pasan de largo sin saludar. Por un instante se han dado cuenta de dónde están.

Les maldigo por aparecer con esas pintas después de haber llorado, solo para maldecirme a mí mismo cuando estoy solo por pensar así. Vuelvo a estar lejos de cualquier amigo y vuelvo a estar llorando. Por mi culpa todos están aquí, son el recuerdo continuo de mi traición.

Hundo las piernas hasta las rodillas y los brazos hasta los codos en la maraña de zarzas que forma el suelo y gimiendo – y maldiciéndome por mi debilidad y mi culpa – agarro con fuerza los tallos de las rosas y tiro con fuerza. Jadeo y vuelvo a tirar. La piel de las manos se rasguña hasta acabar hecha girones, pero siempre me acabo curando. Por desgracia.

Tiro de nuevo y noto como algunos tallos ceden. La piel de mis manos cede con ellos y grito al cielo. Es un alarido de dolor y desesperanza. Bajo la cabeza hasta el suelo y la hundo bajo las rosas, apretando contra los tallos llenos de pinchos. Duele, pero prefiero este dolor al que siento dentro del pecho. Arrastro la cara de codo a codo y pronto mis mejillas son carne y sangre. El color de mis lágrimas no importa, porque ahora solo soy capaz de llorar sangre.

La niebla forma una espiral oscura en el cielo y le dedico un grito con el aire que me queda en los pulmones. Si pudiera le dedicaría una canción, pero mis cuerdas vocales se desvanecieron tras los primeros minutos y he terminado resignándome a esto. Esto no es vida, es solo sufrimiento. Es mi infierno particular.

Para entrar en este mundo tan solo tengo que cerrar los ojos, pero salir no es tan sencillo como abrirlos. Cuando los abro miro a mi alrededor de otro modo, y el mundo de fuera parece solo una broma absurda del infierno.

Soportar solo esta broma barata sería demasiado doloroso. Por suerte, vuelvo a estar con los mismos amigos que me acompañan en el infierno. Es como atravesar la superficie de un espejo para escapar del sofoco del verano y acabar en la ventisca del invierno, vuelves a asfixiarte de manera ligeramente distinta.

De nuevo en el infierno, estudio con minucioso detalle los rostros de mis amigos. Son ellos, estoy seguro, y con los ojos cerrados murmuro sus nombres en silencio, pero al abrirlos, al despertar, al salir al mundo de fuera soy incapaz de recordarlos. En mi memoria sus rostros carecen de expresión, no tienen cara. Sus ojos, marrones o azules, claros u oscuros, lloran lágrimas de desesperanza y resignación en máscaras rojizas que una vez me sonrieron.


Esta noche acabé de nuevo en este infierno. Por mal que lo pase cuando estoy dentro, quiero volver allí. Todo parece más real allí que aquí fuera, y empiezo a sentir añoranza por caminar bajo las oscuras y delgadas ramas de los árboles, iluminadas por las pocas hojas de fuego que sobreviven en la niebla del invierno.

Allí siempre consigo sonreír.