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viernes, 31 de octubre de 2014

RdS: Atracciones Temporales -- Capítulo 1, parte 2

Woolis gentecilla!

¿Qué tal avanzan vuestros respectivos Halloweens? ¿Los celebráis? ¿Soléis designar un día del año para dar todos los sustos que podáis o preferís hacerlo día sí y noche también? ¿Sois fans de apuñalar calabazas y extraerles los sesos u os conformáis con una película mala o no tan mala de terror? XD

Y aquí subo la continuación tan prometida, espero que la disfrutéis tanto o más que yo leyéndola ^^. No creo que os asuste demasiado, pero es cierto que se cuece algo siniestro por aquí, je je je.



Hora y cinco minutos más tarde nos encontrábamos frente a un punto de información, aguardando a que volvieran Alex y María.

El "vídeo de orientación" había empezado prometiendo, explicando el origen del parque, la disposición de los edificios, el nombre de cada zona, lugar o plaza; y dónde estaba cada atracción. Pero después se había trasformado en un coñazo sobre educación y comportamiento. Carlos también lo había comentado, lo incómodo que era el vídeo, cuando le preguntaron como una duda si “¿no podía haber sido más entretenido?”. Nos contestó que era necesario que lo supiésemos, que no destrozáramos los muebles si podíamos evitarlo, y que recordáramos no tirar los chicles al suelo, sino a la basura.

-“Luego alguna mascota de alguien importante se muere asfixiada por tragarse un chicle y nos meten un multazo del copón.”- se excusó -“O eso o expulsan a alguien, y yo vivo bien aquí, ¿sabéis? A mí no me apetece que me echen.”

El vídeo terminaba con el hecho de que si alguien era pillado tirando un chicle al suelo, o al río o a la piscina o a los toboganes acuáticos en algún sitio, sería expulsado del parque, y le pondrían una multa que le costase un ojo de la cara.

El suelo en la calle de las tiendas no estaba asfaltado, solo lo estaba por las carreteras por las que se entraba o salía del parque, las únicas para las que se necesitaba un vehículo, o en El Pentágono, la zona de los hoteles.

Los profesores llevaban dentro desde ya casi veinte minutos, y daba impresión, por cómo estaban apoyados en la barra que se quedarían otra media hora. Solo les faltaban los chupitos para pasar a pensar en la caseta como un pub.

-Oye, ¿crees tú que saldrán de ahí algún día?- me preguntó David.

En ese momento salieron y nos saludaron con un mapa en la mano.

-¿Decías?

-Déjalo.

Discutieron unos segundos con el resto sobre una ruta a seguir antes de llamarnos:

-¡Chicos! ¡Atended un momento, por favor!

Nos enseñaron un mapa.

-Primero vamos a ir a Conserva, no para montar, sino solo para ver cómo es el sitio, ya iremos mañana, o pasado. Vamos a ir a Conserva lo primero porque está en un extremo, alejado de todo. En el punto de información nos han comentado que sale un trenecillo cada hora de una estación cerca de aquí, solo para llevar a gente de Conserva a la zona de tiendas o de la zona de tiendas a Conserva.- nos explicó Alex.

-Sale de aquí- señaló la estación Javier -en cuarenta minutos, uno arriba uno abajo. Así que en veinte minutos nos vemos aquí, ¿entendido? Después andamos a paso rápido hasta el tren, nos subimos y a Conserva. Os recomiendo que no compréis nada ahora, a menos que no os pese mucho. Vamos a volver, solo vamos allí a ver cómo es, y quizás a tragarnos otro entretenido vídeo de orientación. ¿Alguna duda?

-¿Cuánto cuesta montar en el tren hasta Conserva?- preguntó Nacho -Porque como valga más de medio euro, yo me hago los tres kilómetros a pie, y de paso me monto en las atracciones más guapas que vea.

-No, no te preocupes que es gratis.- le respondió Alex.

Nos dispersamos de allí como las hojas llevadas por el viento. Cada grupo se fue por la callejuela más curiosa, o hacia la tienda que más le convencía.

-Vayamos por allá.- comentó Rodrigo, secamente.

-¿Por qué?

-Por dos razones. Uno, porque nadie ha tirado en esa dirección. Dos,- señaló al suelo. Había una mancha de sangre fresca, parecía que hubieran arrastrado un cuerpo hacia ese lado -porque hay un rastro de sangre y quiero saber a dónde va.

Éramos cuatro. Adrián, David, Rodrigo y yo. Cuatro chavales jóvenes siguiendo un rastro de sangre dentro de un parque extraño de atracciones. Preferiría no pensar a donde podía llevarnos eso. La sangre no me da miedo, y de hecho me encantan las películas gore, pero no me va tanto como para meterme de lleno en un depósito de cadáveres siguiendo un rastro de sangre.

El rastro giró y giró. Subía escaleras, las bajaba… en dos ocasiones pasamos por encima de un riachuelo, creo que era el mismo, por un puente…

-¿Adónde crees que nos puede llevar, Rodrigo?- preguntó Adrián.

-Ni idea.

-A lo mejor a una carnicería.- opiné.

Desembocamos en una plaza. El rastro de sangre terminaba allí, en un charco de agua. Alguien había limpiado el resto.

-¿Y ahora qué?- preguntó David -¿Volvemos donde hemos quedado con los profesores?

-No.- le respondió Rodrigo -Ya que estamos aquí, podemos ojear las tiendas de esta plaza. En diez minutos podemos empezar a volver, y es muy sencillo: solo tenemos que seguir el rastro de sangre de vuelta.

Observamos las tiendas de la plaza. Adrián se metió en una de ropa deportiva, y David, Rodrigo y yo nos metimos en la tienda de al lado, que vendía armas, de fuego en su mayoría.

Pero me cansé en seguida. No tenía ganas de escuchar la retahíla de frases sobre RPGs, dinamita, carros de combate y AK47 que soltaban tanto David como Rodrigo, como el dependiente alemán, enfrascados en una conversación sobre la guerra de Afganistán.

Atravesé la calle y me metí en una tienda de mascotas, más concretamente de reptiles. En una foto enmarcada aparecía esta misma tienda, con el rótulo “Venta, cuidado y cepillos para escamas”, y con un chico de unos doce años abrazando un lagarto grande, casi como él de largo.

-Es una cría de un dragón de Komodo. ¿Te gusta?

Me di la vuelta. Había un joven, de unos veinte años, como mucho. Tenía el pelo castaño oscuro, y ojos azules. También tenía una cicatriz larga recorriéndole la mejilla, que bajaba por el cuello y desaparecía bajo el cuello de la camisa.

-Me llamo Luke. Ese era Ryan.- señaló al lagarto. -Ahora está en Conserva, con los de su especie. Supongo que estará cazando ahora mismo y eso.

-¿Tenías un dragón de Komodo como mascota?

Sonrió con melancolía.

-Sí. Pedí algo inusual por mi cumpleaños y Tío Gustavo me regaló un dragón de Komodo. ¿Te gustan los animales?

-Sí, bastante. Quiero estudiar Biología, en dos años me examinaré y a ver si paso a la universidad. A ver si me da para ser biólogo.

-¡Ajá! ¿Has montado ya a Conserva?

-No, aún no. Seguramente lo haré mañana.

Asintió.

-Pues… te lo recomiendo. Oye, he oído que fuera conseguir trabajo está mal y eso, ¿no? La crisis, dicen.

-Sí, bastante mal.

-Pues si pasas Conserva, y te gusta todo esto, puedes venirte a trabajar aquí. Yo porque nací aquí, pero mi padre vino a trabajar porque no encontraba trabajo fuera. Y como le gustaban mucho los lagartos y reptiles, le admitieron en nada. Cuida a las crías, básicamente.

-Ah.- volví a mirarle la cicatriz -¿Eso te lo hiciste en Conserva?

Se rascó sin darse cuenta la marca.

-Ehm… sí. Fue un arzuelo, creo. Es como un dragón de Komodo, pero más grande y agresivo. [Unos cuatro metros y medio de alto,] Puede nadar y se le da bien cavar galerías, y son muy territoriales. Me dio un zarpazo que casi me mata.

-Eso no existe. Es demasiado grande. No puede existir.

-Eso suele decir la gente antes de ver uno. Créeme, para cuando acabes Conserva, tendrás pesadillas con ellos… son unos cabrones muy listos.- acercó su cara a la mía -Mira, sé que no debería decirte nada, ¿va? Pero te recomiendo que de armas te cojas un PaintGun, ¿vale?

-¿Una marcadora?

Puso los ojos en blanco.

-Sí, pero no la vas a usar para marcar a arzuelos, sino para disparar de verdad, como si fueras de caza, ¿comprendes? Mira, solo te puedo decir que te cojas ese arma, fijo, de cabeza, ¿entendido?

-Una vez que te pases Conserva, ven a verme y charlamos más amenamente. Una cosilla más que te puede resultar interesante. Cuando salgas de aquí, echa una ojeada a la tienda esa de la esquina.- me la señaló. -Sé que habéis venido siguiendo un  rastro de sangre.

-Ya, queríamos saber de qué era. No parecía de un trozo de carne.-añadí incómodo.- Tengo que irme. Me dirigí a la puerta.

-Bien. Pues en la tienda esa es adonde llevaron ese “trozo de carne”.- Luke me abrió. -Hazme un favor y sé muy simpático con los viejos que llevan la tienda, ¿entendido? Por cierto, ¿cómo te llamas?

-Daniel, ¿por qué lo preguntas?

-Para que si te pasa algo y te traen en una bolsa, sepa qué inscripción poner en tu lápida. ¡Cuídate, chaval! Recuerda, tenéis que ir dos chicos y una chica, y os tenéis que coger cada uno un PaintGun y un pack de munición. Que uno de vosotros se coja también un arpón. ¡Suerte!

Volví a la tienda de las armas, dándole vueltas a lo que me había dicho Luke. Adrián y Rodrigo esperaban fuera, pacientemente.

-Anda, ve a llamarle, ¿quieres?

Dentro, David seguía charlando con el dependiente. Estaban tan felices charlando que por un momento pensé que me había equivocado de persona, y que era su hijo, o su nieto; pero al girarse para ver quién había entrado, vi que no me había confundido: era David.

-Hasta ahora, Richard.

-Hasta ahora, David. Diviértete y ven a comprar armas cuando quieras. ¡Tengo los precios bajos para los amigos!- añadió con su acento alemán.

Fuera ya, recordé lo que me había dicho Luke, y miré a la tienda de la esquina. Llamaba la atención: era la única que tenía en la entrada el esqueleto de una serpiente, enroscada varias veces sobre sí. La calavera era más grande que mi cabeza, y el esqueleto, enroscado, llegaba perfectamente a la altura del pecho. Sobre la puerta, una calavera de algo que no supe identificar colgaba de una argolla.

-Adrián, ¿has visto eso?- señalé la tienda. “La Casa de los Viejos”, rezaba un cartel bajo la calavera.

-Dios. Impresiona.- echó un vistazo al reloj -Quiero entrar ahí, Daniel, pero quedan dos minutos, y nos tenemos que ir. Luego venimos a verla, ¿vale?

-¿En serio?- pregunté no solo a él sino al resto también.

-Sí, sí, de acuerdo.- asintió Rodrigo.

Volvimos al punto de partida, esta vez siguiendo un rastro de sangre seca.  Llegábamos tarde, y éramos los últimos; pero íbamos con tiempo de sobra. En la estación del tren, esperaba un trenecillo pintado de camuflaje, verde, marrón oscuro y blanco arena. Era muy largo, separado en vagones en los que cabían diez personas. Tranquilamente cogimos el último y charlaron. Yo personalmente me dormí, y me desperté de nuevo cuando frenaba, una media hora más tarde, frente al Conserva.


Lo primero que se veía era un murete de metal y hormigón, de dos pisos de alto. Vigas altísimas, de color rojo, se curvaban por encima, entrelazadas con árboles. Frente a nosotros, a unos doscientos metros, el hormigón se abría en una verja de metal igual de alta, de aspecto sólido y fiero. Estacas de hierro se alzaban en la parte superior. Dos militares estaban tiesos a los lados de la verja, con sendas semiautomáticas. A sus lados, un rótulo pintado de rojo que decía “EL CONSERVA”.

Al llegar junto a los militares, nos saludaron.

-Buenas tardes. Venís a ver a Gustavo, ¿no? Para ver el video de orientación, supongo. Bien, podéis pasar. No os salgáis del camino que no pensamos ir a buscaros.

Un camino pedregoso se abría paso entre la vegetación. Vallas de madera separaban el camino de la naturaleza que lo rodeaba. Un murmullo, el murmullo de un río, fue aumentando hasta que, tras unos arbustos lo vimos.

Había una entrada, rodeado por una verja metálica, ésta más pequeña que la anterior. Las puertas estaban abiertas de par en par. Dentro del área había dos cabañas grandes a la izquierda, y una más pequeña a la derecha. Al fondo estaba el río, de unos cincuenta metros de ancho, y en la orilla habían improvisado un puerto, con barcas grandes atadas a árboles. Cada cierto tiempo, tres personas, del grupo grande que esperaba en la orilla, empujaba una barca y se iban río abajo.



Mucho me temo que esto no va a terminar aquí. Siguiendo los consejos, creo que subiré de seis en seis páginas y os desearé tranquilidad e interés para que la leáis a gusto.

Un abrazo muy fuerte,
marchando va la tercera parte :)

Naif.


3 comentarios:

  1. No sé qué me intriga más, si cómo y contra qué emplearán las armas, o el misterio del rastro de sangre. Tiene buena pinta, quizá sea un poco pronto para decirlo pero la historia promete. Sigue así.

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    Respuestas
    1. Ohh, muchísimas gracias ^^ Alb

      (Acabas de despertar en mí la clásica sonrisa de reptil, xDD)

      Ahora siento curiosidad, si te encontrases un rastro de sangre (diámetro aproximado de medio metro) en medio de un parque de atracciones gigante, perseguirías a la víctima o al asesino por la alfombra roja o intentarías olvidarte? ¿Snapchat y diversión o actividad detectivesca?

      Naif.

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  2. Ups, no había visto la respuesta.

    Primero observaría bien el inicio del rastro, haciendo alguna foto y tomando una muestra donde hubiera más sangre si tuviera el recipiente adecuado (a veces pienso que debería llevar siempre un bastoncillo de algodón y un pequeño frasco por si debo tomar una muestra de algo)

    Después, si la situación no me provocase demasiado miedo ni asco, que no lo sé pero espero que no, seguiría investigando. Quince días dan para mucho, por muy grande y espectacular que fuera el parque.

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